lunes, agosto 08, 2005

La resistencia

Entrar en el bar me produjo una catarata de recuerdos. Recuerdos simples y hondos. Recuerdos de olores y sabores nostálgicos que habían estado latentes en algún rincón de mi memoria; de tardes interminables en charlas con amigos, que se hacían madrugadas entre vino y humo. Cada fin de semana arreglábamos el mundo. Resolvíamos los entuertos políticos, armábamos selecciones de fútbol, enjuiciábamos experiencias amorosas y nos peleabamos y amigabamos varias veces; y detrás de la barra, como desde un balcón, siempre el gallego. Con la cara agrietada por los años y por el ininterrumpido trabajo. Siempre ensayando formas de renovar, aunque sea un poquito, ese bar que tambaleaba entre los maremotos que dejaban los ministros de economía. Ahora lo veo de nuevo allá atrás, con los ojos hundidos, tristes. Vacíos como el bar. Y no me reconoce. Poca gente acelerada entra y sale. No se conocen, no se saludan. Entran con mochilas llenas de problemas y escasas de tiempo. Y el gallego está triste y el aire también. Tantos años, tanto esmero y tanta vida que hoy agoniza. Cuando el gallego se me acercó casi lo abrazo, pero me contuve. No se dio cuenta. Lo miré con una sonrisa que me salió desde el fondo, llena de cariño cómplice. Me dejó el cortado y me dijo "¿No quiere, hombre, por shincuenta shentavos más acompañarlo con un pashtelito de membrilio?" No quise darme a conocer, tuve miedo de matarlo de tristeza.

foto: gentileza de Tanthe

1 Comments:

At 14/11/08 6:01 p. m., Blogger Mecha Novillo said...

Bello cuadro de costumbres.
Me gustó mucho.
Me gusta mucho su prosa, Juan Calou.
Ojalá pudiera yo o mis talleristas escribir así.
¿Ha pensado en publicar en papel?

 

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