lunes, septiembre 12, 2005

El Loco de la Casa

El loco de la casa (aunque el descriptivo fue agregado luego) fue desde el principio un enigma para todos. Heredero directo de su padre se había ocupado de administrar la propiedad más grande y suntuosa de la ciudad. No es menester de este relato enunciar los caminos recorridos por su familia para hacerse del caserón, sí, que había despertado desde su llegada acalorados debates sobre su accionar. La gente opinaba, como sucede frente a algunas decisiones, que era muy inteligente o muy estúpido.
La casa era tan grande que había albergado varias generaciones de otras familias que, temerosas de perder sus beneficios, habían asumido su incapacidad de análisis de la realidad de manera casi genética. Eran familias numerosas. Muchos niños, adultos y ancianos, deambulaban diariamente mezclados entre la servidumbre, y viviendo esa casa como el centro de la ciudad, tal vez del mundo e incluso llegando algunos a creer que el mundo mismo era esa casa. Por eso el loco aprovechó esta situación. Su estrategia fue simple: dividió a sus huéspedes en tres grupos. Uno de ataque externo, los más pequeños, quienes por estar cargados de energía juvenil y rebeldía efervescente resultaban fácil de encauzar. Su misión era la constante intervención dañina en los patios vecinos, sobre todo aquellos con buenas tierras para el cultivo y la expansión. Otros, los de ataque interno. Para esto eligió a sus criados y sirvientes para que regaran sus ideas en forma de confidencias y relatos entre los terceros, que eran el resto de los habitantes de la casa y a la vez quienes repartían el mensaje en la comunidad con la credulidad inocente de los sumisos.
En la ciudad los vecinos se dividían opiniones. Algunos prosperaban como proveedores de la gran casa y eclipsaban sus opiniones con sus ventajas, otros sufrían las incursiones de tono infantil pero destructivas y despotricaban a los cuatro vientos. El loco, mientras, permanecía escondido en su desván, arriesgando cada vez más por la facilidad con que se desarrollaba el proceso.
Con los años la casa creció desmesuradamente hasta parecer una catedral gótica que observaba la ciudad desde la cima de un monte, bañandola de una sombra tensa. También crecieron los recelos y los oportunistas. Y paso lo peor.
Una mañana como cualquier otra un temblor sacudió todo. La ciudad lo vivió como el fin del mundo aunque fue sólo en esa zona. La tierra comenzó a moverse como una odalisca poseída pero en lugar de sonar los collares y pulseras sonaban los ladrillos y las tejas contra el piso y los techos de los autos. Fue un temblor corto pero letal. Las pequeñas casa de la ciudad sufrieron algunas heridas pero la gran casa se llevó la peor parte. Al principio sólo fueron ruidos profundos y negros, hasta que las débiles bases se resintieron y detonaron una pequeña pero incisiva destrucción en cadena. Estallaron los vidrios de los grandes ventanales salpicando de fragmentos a algunos moradores. Como víboras se sacudieron al aire los caños de agua y luz. Los sirvientes, viejos y cansados, buscaban desesperadamente una forma de atender los heridos que se pisaban entre ellos incrédulos y sudando sangre, intentando escapar. Los chicos, que hubieran ayudado con su agilidad, estaban apostados en los jardines usurpados, y la ciudad azorada, sufría viendo ese sueño tan efímero como irreal desarmándose. El agua comenzó a cubrir cada espacio y el gas de las grandes cocinas (porque tenía varias) a mezclarse con el oxígeno. Pequeñas explosiones provocadas por las estufas se asomaron azules por los grandes orificios del primer piso. Aullidos humanos brotaban desde el interior. El loco, como sumido en una contemplación espiritual, observaba la escena como una película, sin emitir palabra. La comunidad se unió ofreciendo su ayuda, sincera y sarcástica, pero el loco no respondió. Creía tal vez que su casa, o su ego, podían resistir cualquier embate. Los proveedores de la casa, viendo que no podrían vender más, se unieron a los usurpados y quitando el velo de la hipocresía alzaron su verdad contra el loco, la casa y sus moradores, que hasta el día anterior saludaban amablemente. Los chicos golpeados por la trágica pintura maduraron de un golpe de realidad terrible. Los criados se alejaron rapidamente, mientras la casa se hundía, y desparecía. Cuando todo terminó, algunos de los más críticos vecinos de la ciudad corrieron a recuperar sus terrenos, y aprovechando, más también. Luego lucharon ferozmente para ver quien conseguía primero construirse una gran casa.

1 Comments:

At 13/9/05 6:37 p. m., Blogger Carolina Moro said...

Vaya, oscura y perturbadora historia que me conduce por los hilos de una fábula oscura y macabra. La casa, los tres grupos, el temblor, el descalabro, la destrucción, la casa y el loco.

No sé por qué, pero recordé algo de la película El Gran Pez, de Tim Burton.

saludos!

 

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